Visita comercial con tinte político

Por Patricia Grogg

Bill Richardson dijo que antes de viajar a Cuba el gobierno estadounidense le pidió que abordara el tema de Gross y "lo he hecho", apuntó

Bill Richardson dijo que antes de viajar a Cuba el gobierno estadounidense le pidió que abordara el tema de Gross y "lo he hecho", apuntó

El gobernador del sureño estado estadounidense de Nuevo México, Bill Richardson, finalizó este viernes una visita a Cuba que, si bien definió como comercial, tuvo como punto destacado de la agenda oficial gestionar la excarcelación de su compatriota Alan Gross.

Sin embargo, ante la posibilidad de intercambiar el regreso de Gross a su país a cambio de la liberación de cinco agentes cubanos encarcelados en Estados Unidos desde hace 12 años, el influyente dirigente del gobernante Partido Demócrata aclaró que no viajó –es la cuarta visita a Cuba desde los años 90– como “negociador”, ni “enviado especial” ni portador de “mensaje especial” alguno.

En conferencia de prensa realizada el jueves Richardson afirmó que, al saber de su viaje a Cuba, el gobierno estadounidense de Barack Obama le solicitó discutir con autoridades de esta isla la importancia de dejar en libertad a Gross. “Y lo he hecho”, recalcó. Sigue leyendo

Pelusín de verde

Fabián (al centro) junto a su amigo Adrián y la novia, Reyma

Fabián (al centro) junto a su amigo Adrián y la novia, Reyma

Tengo una amiga que me acusa de madre sobreprotectora. No puedo negarlo. Es cierto. Todo cuidado me parece poco para el “niño” —que ya cumplió 18 años— y me resulta difícil pensar que se me haya ido entre las manos y que casi, casi dentro de poco me dé hasta nietos. Pero, ¿quién logrará disuadirme? ¿qué madre no tiene, al menos, el gen de la sobreprotección en su seno?

Fabián se molesta conmigo cuando en medio de cualquier reunión de amigos le suelto el mote que le puse en la infancia: Pelusín del monte, como el popular personaje de la escritora Dora Alonso, aunque luego se ríe y me llena de besos.

Recuerdo una ocasión, en pleno periodo especial, que no había ni dónde amarrar la chiva en mi casa. Fabián tendría apenas dos años. Cogí mi bicicleta china y pedaleando llegué al municipio Vertientes, a unos 30 kilómetros de la ciudad de Camagüey, donde vivíamos.

Recuerdo que en la parrilla trasera llevaba una soguita para traer de vuelta el resultado de mi canje: un jabón (que entonces se cotizaba en 60 pesos más o menos) por un racimo de plátano. Oro molido cuando arribé a casa con mi botín a cuestas, la garantía del puré de Fabián. En el periodo especial aprendí el arte del cambio y el regateo, si es que así puedo llamarlo.

En otra oportunidad volví a Vertientes  en busca de arroz. Me llevé en una mochila algunas de nuestras sábanas, fundas y toallas (tendía la cama o comía) y al regresar había conseguido no solo el arroz, sino además un lechoncito que a la postre nos dio la carne que consumimos el fin de año de 1994. Sigue leyendo

Ninguna revolución puede ser inmóvil

(En tres ocasiones me llegó esta entrevista realizada por Wilmer Rodríguez al intelectual cubano Alfredo Guevara. En el mensaje que acompañaba a uno de los email me pedían que la publicara en  Kimbomboqueresbala y aquí va. En esta propuesta lo que cambié fue el título)

El invierno de 1945 fue una época traumática para la política internacional. Había concluido la Segunda Guerra Mundial, y en agosto de ese año, dos bombas atómicas habían arrasado con las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Mientras esto acontecía del otro lado del mundo, en la Universidad de La Habana,  dos jóvenes se conocían por vez primera. Uno había matriculado Filosofía y Letras, el otro Derecho. Eran Alfredo Guevara y Fidel Castro. Guevara, uno de los intelectuales más  lúcidos de nuestro país es uno de los pocos que conoce detalles de las andanzas de aquel estudiante de leyes por el Patio de los Laureles, la Plaza Cadenas, y su inmediata inserción en la política universitaria y nacional de los años 40.

A sus 84 años de edad, Alfredo Guevara preside la Fundación del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano. Para contar lo que puede decir de aquellos años en que Fidel emergía como figura política, me invitó a su despacho en una casona de El Vedado, allá por las calles 2 y 19. La cita fue fijada para el mediodía del 12 de julio de 2010. Cuando el reloj marcaba la hora doce, este periodista y dos buenos amigos del Secretariado Nacional de la FEU, organización que apuesta por el rescate de su memoria histórica, llegamos a los jardines de la mansión, donde aguardaba por nosotros el fotógrafo Liborio Noval.

Ya en el segundo piso, vimos a Alfredo. Estaba sentado frente a una mesa rectangular, donde perfilaba las letras de varios documentos. Esperamos. Después nos invitó a su despacho, un lugar que invita a revelar secretos y recordar sucesos acontecidos hace más de seis décadas.

Unos días antes del encuentro, Alfredo por mediación del profesor universitario y ayudante personal Julio César Guanche, solicitó el cuestionario de la entrevista. Les confieso que esa petición no fue de mi agrado, pero por tratarse de Guevara accedí.

Alfredo comenzó el diálogo diciendo que las preguntas estaban “complicaditas” pero iba a responderlas todas. Y así lo hizo. En más de una ocasión me solicitó que detuviera la grabación, solo así respondió cuestiones comprometedoras.

Aunque no parezca cierto, Alfredo me confesó que no soporta reunirse con viejos porque « siempre hablan de los mismo. Ellos nos son capaces de salirse del pasado”. Sigue leyendo