Pelusín de verde

Fabián (al centro) junto a su amigo Adrián y la novia, Reyma

Fabián (al centro) junto a su amigo Adrián y la novia, Reyma

Tengo una amiga que me acusa de madre sobreprotectora. No puedo negarlo. Es cierto. Todo cuidado me parece poco para el “niño” —que ya cumplió 18 años— y me resulta difícil pensar que se me haya ido entre las manos y que casi, casi dentro de poco me dé hasta nietos. Pero, ¿quién logrará disuadirme? ¿qué madre no tiene, al menos, el gen de la sobreprotección en su seno?

Fabián se molesta conmigo cuando en medio de cualquier reunión de amigos le suelto el mote que le puse en la infancia: Pelusín del monte, como el popular personaje de la escritora Dora Alonso, aunque luego se ríe y me llena de besos.

Recuerdo una ocasión, en pleno periodo especial, que no había ni dónde amarrar la chiva en mi casa. Fabián tendría apenas dos años. Cogí mi bicicleta china y pedaleando llegué al municipio Vertientes, a unos 30 kilómetros de la ciudad de Camagüey, donde vivíamos.

Recuerdo que en la parrilla trasera llevaba una soguita para traer de vuelta el resultado de mi canje: un jabón (que entonces se cotizaba en 60 pesos más o menos) por un racimo de plátano. Oro molido cuando arribé a casa con mi botín a cuestas, la garantía del puré de Fabián. En el periodo especial aprendí el arte del cambio y el regateo, si es que así puedo llamarlo.

En otra oportunidad volví a Vertientes  en busca de arroz. Me llevé en una mochila algunas de nuestras sábanas, fundas y toallas (tendía la cama o comía) y al regresar había conseguido no solo el arroz, sino además un lechoncito que a la postre nos dio la carne que consumimos el fin de año de 1994.

Hablando de carne, también viene a mi memoria la vez en que teníamos un solo muslo de pollo y por supuesto, estaba reservado al nene. Los mayores, o sea, mis padres y yo, por esa etapa tomábamos mucho caldo de ave (averigua). El susodicho muslito se lo preparamos en una de sus comidas del día, pero Fabián sintió “lástima” de su perro Cicerón y le tiró aquel único muslito. Cicerón, de un salto, lo agarró en el aire, y nosotros nos quedamos boquiabiertos. Fue una etapa dura para las familias cubanas (más dura para ripostarle de antemano a cualquier lector que diga que en Cuba el periodo especial es permanente)

En fin, que vuelvo a donde estaba: mis recuerdos. Todos vienen juntitos cuando voy acercándome a la unidad donde está Fabián en la previa del Servicio Militar. Lo veo acercarse sonriente. Me abraza y pienso en este Pelusín del monte y su experiencia. Me cuenta lo que ha hecho en la semana, los nuevos amigos, las nuevas responsabilidades, lo fuerte que resulta, la disciplina que se cumple…entonces imagino lo bien que le hará a mi “niño” esta fase en su vida, al igual que a los otros miles de jóvenes cubanos que por estos días parten a cumplir este compromiso con la Patria.

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8 comentarios en “Pelusín de verde

  1. Fue grato leer este post, no solo por el tema maternal, sino por el espíritu de resistencia que se refleja en tus palabras. Creo que el pueblo cubano sobrevivió a lo más duro del perióodo especial por eso.

  2. madre no hay más que una y Fabian tiene una muy especial, la milicia cultiva el cuerpo y la mente, cual de si guerreros espartanos se tratara estos cubanos recibiran una experiencia que les acompañará por el resto de su vida, a la mamá tambien… 😉

  3. Imagino que ser revolucionaria no cambia en nada el amor de madre.

    Ver partir a tu hijo debe dejarte con una mezcla de emociones.

    Por un lado el de una madre que nunca acepta separarse de su hijo y por otro el una revolucionaria ejemplar que entiende que obedecer a los militares que nos gobiernan de por vida es nuestro destino.

    Para los dos sera una experienca inovidable. Como lo ha sido para decenas de miles de madres e hijos desde que los cubanos somos propiedad de los dueños de la revolucion.

    En parte debe darle gracias a compañeros como Etxebarria que dan su aporte incondicional para que cada cubano siga siendo un soldado de los militares que nos gobiernan de por vida.

    Muchos Saludos para ti y tu hijo. Y les deseo lo mejor.

  4. Una vez conoci un loco que decia que era el dueño del Capitolio. Y se fajaba con el que tratara de ayudarlo a ver la realidad.

    Asi somos los revolucionarios.

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