El dulce espíritu…

Sencillamente me recibió en su casa. El espírtu de la Poetisa aún vaga por los rincones de la hermosa residencia del Vedado.  “…Quién pudiera como el río, /ser fugitivo y eterno…”, es como si susurrase a mi oido sus versos y recorro el inmuemble transformado hoy en Centro Cultural, un espacio de encuentro, facilitación para los creadores, como ella hubiese querido. Recuerdo, por lo que me contaron entonces, que murió casi ciega, en soledad, en 1997. Había sobrevivido a toda una familia de apellido ilustre. Había vivido demasiado. Su delicada figura, su feminidad sin límites, aquella voz que parecía quebrarse… 

 Amor es ponerse de almohada
para el cansancio de cada día;
es ponerse de sol vivo
en el ansia de la semilla ciega
que perdió el rumbo de la luz,
aprisionada por su tierra,
vencida por su misma tierra…

Cámara en mano hago las fotografías. Sigo su espíritu, Dulce María. 

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